martes, 30 de diciembre de 2008

LA MANADA (11)

La facultad de Derecho de la Complutense estaba ubicada en un edificio de ladrillo rojo con unas enormes vidrieras en su fachada, aquella casa fue el lugar donde empecé a observar la realidad del entorno cotidiano desde un prisma distinto. Para un chico de provincias el mero contacto con estudiantes de distintas procedencias ya era una especie de iniciación, y más en aquellos convulsos años en los que el régimen de Franco agonizaba, la universidad era un hervidero de de movimientos contestatarios, incipientes si se quiere, pero duramente reprimidos por la Policía. El partido Comunista disponía de un organizado movimiento estudiantil, pequeños grupúsculos maoistas y trotskistas campaban a sus anchas por el campus realizando una ingente tarea de proselitismo político, y era en ese caldo de cultivo en el que un estudiante de Derecho como yo, empezó a impregnarse de una filosofía que hasta la fecha le era ajena en el ya lejano barrio de Santa Rosa.

Al bajar del autobús, aquel día observé un movimiento inusual de estudiantes y profesores en la Avenida de la Complutense que de repente empezaron a gritar consignas contra la dictadura y a favor de la liberación de detenidos en las últimas protestas contra la Ley de Educación por parte del régimen. No sé como, pero me vi inmerso en una multitud que avanzaba desde la facultad de Filosofía en dirección a Moncloa gritando consignas y cantando la internacional, mientras frente a la manifestación formaba una compañía de policías armados que nos cortaban el paso. En pocos instantes, casi sin darnos cuenta empezó un brutal carga de las fuerzas de orden público; corrí hacía el edificio de la facultad de filosofía junto a otros estudiantes, pero al entrar fuimos interceptados por un grupo de policías de paisano. Empezó un baile de porras y carreras por los pasillos hasta que noté un fuerte golpe en la cabeza, cuando recuperé la consciencia estaba tumbado en un furgón de los “grises”. Dentro, dos estudiantes lloraban junto a un hombre de unos 30 años malherido en el suelo, profesor de derecho penal, Ernesto Gonzálvez, quien tendría que ser en el futuro mi maestro en el más amplio sentido de la palabra. Los dos días que pasamos en las dependencias de la brigada politico-social no fueron los más agradables de mi estancia en Madrid, pero me ayudaron a madurar como persona, Ernesto compartió celda conmigo, y mientras se recuperaba, charlamos largo y tendido sobre la situación política en España, aunque mi interés por esas cuestiones hasta la fecha había sido nulo me ilustró sobre Marx, Engels, me habló de la revolución pendiente, del mayo del 68 francés y de sus consecuencias en nuestro país y trabamos una estrecha amistad que ha durado hasta hoy.


Entre tanto en Santa Rosa, el tiempo transcurría de forma paralela a mi agitada vida universitaria, al margen del bullicio universitario, si hubiera que buscar un espejo que reflejara el modelo de sociedad española de la época, ese era el barrio de Santa Rosa, un enclave habitado por gente de clase trabajadora a la que le importaba un pimiento la política – ya se había encargado la dictadura de comprar su silencio con tardes de fútbol en TVE y un nuevo modelo de SEAT 850-

Edu tras un par de años trabajando en las joyerías del Sr. Mingu con la ayuda de Miguel, Manolo y los demás había montado una “Gestoría”, un pequeño chiringuito dedicado a la comercialización de seguros, gestión administrativa y servicios a comercios de la zona, aún recuerdo la carta de Pepe cuando me contó la noticia, habían alquilado un pequeño local en los bajos de nuestro bloque y “el jefe” había puesto en la puerta un rótulo del tenor literal siguiente:




GRUPO ASESOR SANTA ROSA

Seguros.
Gestoría.
Economistas.
Abogados.


El “jefe” se había erigido en el Director General del garito, Pepe se encargaba de los seguros y Miguel del departamento laboral. Manolo “el del bombo” que no dejó su puesto de funcionario del servicio de recogida de basuras municipal, ayudaba por las mañanas en el reparto de documentación y gestiones en los organismos públicos, en los que hacía valer sus contactos que le proporcionaba el cargo de funcionario municipal para lograr lo imposible y Loli pasó a trabajar como secretaria. Pepe me contaba en la carta que Edu había hecho un cursillo de por correspondencia y que se había sacado el título de economista sin necesidad de ir a la universidad (sic)… por más que me pellizcaba no daba crédito a lo que estaba leyendo, sabía del atrevimiento del “jefe” pero nunca pensé que su inconsciencia llegara tan lejos, ni siquiera que tuviera la paciencia para terminar un cursillo de contabilidad en CCC por simple que fuera; más adelante descubrí que fue Loli la que hizo dicho curso a nombre del “Jefe”.

Pero las noticias del barrio me tenían que deparar enormes sorpresas que dejarían en una mera anécdota aquella iniciativa empresarial de la pandilla, y que lentamente a pesar de la distancia iban tejiendo una tupida e invisible red a mi alrededor.


lunes, 22 de diciembre de 2008

OTRO CUENTO DE NAVIDAD


Lidia Luopes era arqueóloga, si bien había llegado a la arqueología un poco tarde, procedía de una familia de arquitectos en la que estudiar ciencias era una tradición, dibujar una afición y estudiar arte un hobby. Nadie en su familia entendió que dejara una prometedora carrera en un estudio de arquitectura para dedicarse a hacer agujeros. Porque así, con esa falta de aprecio, calificaba su padre el oficio de su hija.

Lidia había sentido desde pequeña auténtica fascinación por la ingeniería civil romana. Ella siempre decía que era una predestinación dado el nombre con el que la habían bautizado. Además, estaba segura de que alguno de sus antepasados debió de trabajar en aquellas obras en vista de lo mucho que le atraían. Estudió arquitectura por imposición paterna, al igual que el resto de sus hermanos. Su padre siempre había sido muy “progresista” en cuanto a la educación de sus hijos. Así, siempre les impuso lo que tenían que estudiar, incluso les matriculó él mismo en la escuela de arquitectura, para evitar despistes. Con ese mismo “espíritu abierto”, reunía a sus hijos en el comedor de su casa cada día de elecciones y les daba en sobre cerrado las papeletas con las que debían votar, no fuera que alguno pensara por sí mismo y votara algo poco adecuado. Sentía que eso era lo mejor para sus hijos. A pesar de todo, Lidia adoraba a su padre, pero no sus métodos. A ella le hubiera gustado estudiar Historia, pero en esto sólo encontró el apoyo de su madre. Incluso sus hermanos preguntaban para qué valía eso; ante lo que ella respondía: “para conocer la respuesta a esa pregunta”. Pero al final obedeció y estudió arquitectura. Ahora, en las excavaciones, se sentía libre, hacía lo que siempre le había gustado. Al tiempo, estaba preparando su tesis doctoral sobre el acueducto de Segovia. Y, quizá, por eso, había aceptado trabajar en una de las excavaciones que se llevaban a cabo en Clunia a cuyo convento jurídico romano perteneció Segovia.


Los tiempos eran difíciles para la cultura, en general, y la arqueología, en particular.


La Junta de Castilla y León era la que mantenía, a base de subvenciones, aquellas excavaciones. Sin embargo ya les habían anunciado que, salvo que encontraran algún resto importante que justificara la existencia de aquella actividad, no podrían mantenerla abierta.


Lidia y sus compañeros estaban desesperados, trabajaban sin descanso desde hacía meses. En Clunia habían encontrado restos de un teatro, del foro, de termas y de varias casas. Todos intuían que debió haber un templo y la curia. Pero ninguna de las fotografías aéreas habían dado datos al respecto, los vestigios superficiales no conducían a nada en concreto… y el plazo se terminaba. A todos les encantaba su profesión, pero también era un modo de vida. Si no encontraban algo pronto tendrían que dejarlo. La mayoría de ellos tenía un puesto de trabajo en alguna de las universidades de la zona. Lidia, sin embargo, tendría que volver a su actividad como arquitecto y, esta vez, al estudio de su padre. No sólo le molestaba tener que darle la razón, sino que, además, no le soportaba como jefe. Si era mandón en casa, en la oficina, simplemente, se consideraba el amo y señor. Si no conseguían la subvención tendría que volver a casa con las orejas gachas.


Era Nochebuena, en Clunia, entre piedra y piedra, cincel y pincel, habían preparado la cena para todos los arqueólogos. Habían previsto unos entrantes con productos de la tierra y un lechal asado sobre brasas. La Nochebuena fuera de casa no era muy alegre pero no podían perder tiempo en ir y venir. O descubrían algo importante que justificara una nueva subvención o deberían irse a casa para finales de año. Era una noche fría y clara, propia de Castilla. Allí en medio del campo el cielo se veía estrellado. Alguno de los compañeros era capaz de distinguir las constelaciones. El espectáculo era formidable. Lidia vio un lucero extremadamente brillante- “¿Qué estrella es esa?”- Preguntó. “Es Rigel de la constelación de Orión”- le dijo su compañero. “¿Tú crees que los luceros nos podrán ayudar?”- Inquirió Lidia. “No creo- le respondió el arqueólogo- pero por pedir un deseo que no quede”. “Bueno-contestó Lidia- hace más de 2000 años una estrella iluminó el mundo, dicen que aquella era un cometa pero…¡Quién sabe, soñar es gratis!” Y pidió su deseo.


No se fueron muy tarde a la cama, había que madrugar para trabajar, ni el día de Navidad se podía descansar. Lidia tenía el sueño fácil y en seguida se durmió.


.- Julius le preguntó a su abuelo: ¿abuelito que escribes en esa tabla encerada?


.- Estoy describiendo nuestra aldea Julius, así si alguien lo lee en el futuro podrá saber como vivíamos aquí en Clunia. Ya sé que unas tablillas enceradas no son muy consistentes, pero ¡quién sabe!.. Si la guardo en el sótano de nuestra casa, al estar en el bosque, la humedad del suelo la puede conservar.


.- Pero abuelito y para qué quieres contarlo, lo verán. Y, si se destruye la ciudad, si ya no pueden verla, yo creo que a la gente que venga después no le importará nada lo que aquí había.


- Pero Julius, a ti te encantan las historias de la antigua Roma y me haces contarte, una y otra vez, cómo fue reconstrucción de nuestra aldea. Lo difícil que fue rehacerlo todo a pesar de la gran ayuda que nos prestaron nuestro emperador, Tiberio, y los dioses a los que veneramos en el templo. Por eso, para que en el futuro sepan de nuestro trabajo, para que no tengan que empezar desde cero, les quiero dejar estos escritos firmados por mí, Marcus Luiopis. Ingeniero. Espero que esto valga a tus nietos como a mi me valieron las instrucciones de mis antepasados.


En ese instante, Lidia de despertó sobresaltada. Había estado soñando. Se despertó con una sensación de que alguien desde el pasado le empujaba a excavar. Cogió las fotos aéreas que se habían hecho de la zona. A ella siempre le había parecido que en el bosque cercano la naturaleza crecía haciendo algunas formas poco corrientes en el suelo. Su jefe no la había querido hacer caso cuando se lo comentó hace tiempo. Tomó su instrumental y se fue al bosque situado detrás del teatro romano. Al alba se levantaron algunos de sus compañeros que, en cuanto la vieron, se acercaron a ver que hacía. Les contó su sueño y la certeza intuitiva que tenía de que allí, en aquel bosque, podrían encontrar restos romanos. A todos les pareció una locura, pero era Navidad, les quedaban 5 días para poder encontrar algo que justificara una renovación de la subvención. Al fin y al cabo no tenían mucho que perder y, por otro lado, era cierto que nunca habían trabajado en aquella parte del bosque.


Tras dos días de acarrear palas de tierra en las que no había nada y estando ya al borde de la desesperación, uno de los compañeros de Lidia tropezó con lo que parecía un pico de metal. Era un elemento alargado y triangular. Cuando consiguió desenterrarlo, no podía dar crédito; se trataba de un gnomon, el instrumento romano por excelencia para determinar el norte astronómico a través de la circunferencia creada por la sombra que el sol iba proyectando a través de esa aguja metálica. Los romanos, extremadamente panteístas, no querían desatar las iras de los hados, por eso construían sus edificios orientados al norte. El entusiasmo corrió entre los arqueólogos. Midieron el terreno y trazaron escuadras en las que cada uno empezó a trabajar.


En el terreno excavado aparecieron dioptras, que servían para medir ángulos; un corobate o instrumento de nivelación; un odómetro cuya función era medir la longitud de las calzadas.


Mientras, el jefe de la expedición viajó a Valladolid para hablar con los funcionarios y altos cargos de la Junta de Castilla y León. Tras algunas entrevistas, presentar un informe con varias fotos, recibir la visita de los técnicos de la Dirección General de Patrimonio de la Comunidad y de un sin fin de papeleo, consiguió que la Subvención les fuera prolongada un año más.


El día de 5 de enero, Lidia seguía trabajando. Todos sus compañeros habían decidido parar al atardecer e ir a festejar la noche de Reyes al pueblo. Pero a ella, aquel día, la excavación le atraía sobremanera. Había decidido seguir, a la luz de una linterna y un foco, hasta la noche. A eso de las ocho, su cincel tropezó con algo que parecía madera. Sacó el polvo con un pincel. Con una espátula, cuidadosamente, fue haciendo hueco al hallazgo. Poco a poco, desenterró un objeto de madera, rectangular, que contaba con dos anillas de cuero en medio; cuando de abría tenía forma de libro. En su interior se podía descifrar una inscripción en latín en la que se explicaba cómo era el pueblo de Clunia. La tablilla contenía la firma del Ingeniero de las obras, Marcus Luiopis. Lidia, nerviosa y emocionada, depositó cuidadosamente la tablilla. Su sueño había sido un presagio. Con lágrimas en los ojos, comprendió que su apellido Luopes podía tener algo que ver con aquél Luiopis. Quizá su abuelo romano le había permitido mantener su independencia lejos del despacho de arquitectura de su padre. Quizá aquella estrella a la que pidió un deseo era, auténticamente, la estrella de navidad.



Mercedes.



Nota del propietario del Blog:

Este es un cuento remitido por Mercedes, que a la vista de mi desidia navideña en actualizar el blog, se ha prestado a echarme un capote.

martes, 16 de diciembre de 2008

MONÓLOGO NAVIDEÑO.



Uno espera cada año que lleguen las fiestas navideñas por muchos motivos: para tomarse unas merecidas minivacaciones de invierno en el pueblo, con la mujer, los niños y la suegra, para descansar en las largas caravanas de la carretera, en las colas de la estación de esquí, o en el turno del mostrador de envoltorio de regalos de “El Corte Inglés”, para volver a reunirse con aquella parte de la familia a la que solo se ve en estos días ( afortunadamente) y que arrasarán con toda tu existencia de cava, brandy, jamón y turrones, o para observar con orgullo aquella nómina de diciembre incrementada con la paga extra, que indefectiblemente gastaremos en regalos para todo el mundo menos para uno mismo, al que siempre nos regalan corbatas, pijamas y calcetines ( sepa suegra que estoy hasta los cojones de que me compre cada año un pijama para navidad, a ver si un día se alarga con una cajita de Viña Ardanza). Todo ello hace de las fiestas de navidad un periodo entrañable que recordaremos los meses siguientes a fuerza de observar como se convierte en una empresa titánica rebajar el gasto efectuado en la tarjeta VISA por nuestra santa esposa.


Pero si hay algo que uno ansía con la ilusión de un colegial cinco minutos antes de salir al recreo, eso es la cena de empresa. ¡Ahh señores! la cena de empresa supera todo lo anterior, después de un año sin salir solo de noche, el lobo que todos llevamos dentro saca su instinto cazador y dispone de ¡ UNA! Noche de caza. Planificamos esa noche (que no volverá a repetirse, salvo milagro, en un año) como planificaría un ladrón su golpe perfecto, nos compramos ropa ex profeso (siempre adecuada para una persona 10 años más joven que nosotros), nos cortamos el pelo con el flequillo p´adelante y nos dejamos las patillas largas unos días antes, nos ponemos esa colonia que solo utilizamos para las grandes ocasiones, y salimos a la calle como salen los toros a la plaza, resoplando y escarbando con la pata, mirando a un lado y a otro. Y claro, acabamos provocando la sonrisa maliciosa de la parienta aunque sospeche de nuestras aviesas intenciones, si no nos llama gilipollas directamente.


Evidentemente en la cena bebemos como machos y contamos los chistes más lamentables que se escuchan en todo el año, y que las chicas de la empresa solo nos ríen porque somos el jefe , después nos dejamos llevar por los jóvenes a algún local de moda con nombre tan sugerente pronunciado en inglés como “The Club”, cuando nuestra edad y nuestra pinta de "Alfredos Landa" encajarían mucho mejor en otro pronunciado con acento español denominado “ The Puticlub”. Una vez dentro, si somos capaces de sobrevivir a la montonera que se forma en el guardarropía, los tímpanos no nos han reventado al ser sometidos al bombardeo “ music-house” , y alguna de las camareras de la barra se percata de nuestro metro setenta y pocos entre tíos de metro noventa y muchos y nos sirve el “destornillador” que le pedimos (previo descojone por su parte y solicitud de aclaración sobre que coño es un destornillador…) llegamos a una pista donde cientos de miles de personas se contornean al ritmo infernal de extraños sonidos electrónicos, y nos pasamos una hora para encontrar a alguien de la empresa. Cuando los localizamos, nos damos cuenta que la secretaria de administración, la misma a la que pagamos las tetas nuevas en Corporación Dermoestética con el importe del último "bonus", y con la que nuestra calenturienta imaginación se había hecho grandes expectativas los días precedentes, esta probando en un rincón de la sala la firmeza de sus nuevas prótesis con un niñato de los de 1,90, de pantalones caídos, brazos anchos como piernas y melena rubia rizada.


Nos tomamos tres cubatas más para olvidar la escena, y cuando conseguimos sacarnos de encima a una señora separada de otra cena de empresa, que no hace más que mover los michelines delante nuestro mientras sonríe, volvemos con la cola entre las piernas (solo faltaría que no) como lobos fracasados a casita. Antes de llegar, en la última rotonda, la policía nos detiene en un control de alcoholemia en el que damos positivo y nos impone una sanción de retirada de carné y multa de 600 €uros para finalizar la noche.


Pero no se preocupen, somos inasequibles al desaliento, el próximo año juramos perder 10 kilos, compraremos una camiseta de Custo BCN ajustada, una colonia Calvin Klein, iremos al mejor peluquero a cortarnos el pelo al uno, le tiraremos los tejos a la nueva recepcionista, y repetiremos uno por uno todos los errores cometidos.



Felices fiestas.