
A sus 16 años, Carmen estaba subida en aquel cajón, rodeada de sus amigas, oyendo el himno nacional, con la mirada localizó a lo lejos a sus padres, al tiempo que recordaba cómo había llegado hasta allí.
Hacía más de 12 años que, revolviendo en el trastero de su casa, encontró un antiguo tutú y unas zapatillas de puntas todas desgastadas, se los puso y bajó al salón de su casa, empezó a dar saltitos y a intentar ponerse de punteras, lo había visto hacer a otras niñas en un programa de TV un sábado por al mañana. María, su madre, le recriminó:
.- Anda, trasto, que te pasas el día revolviendo, ¿dónde has encontrado eso?
.- En el baúl grande que está en el trastero. ¿De quién es, mamá?
.- Era mío, durante un tiempo di clases de ballet y formé parte del ballet infantil del Teatro Campoamor. Allí me llevó tu abuelo, a quien le encantaba el ballet.
.- ¿Y yo puedo estudiar ballet, mamá?
.- No, tú tienes que estudiar una carrera y dejarte de fantasías.
.- Pero tú estudiaste una carrera y ballet.
.- No, yo sólo hice Magisterio. Si, en vez de tantas fantasías, hubiera sido más práctica, hubiera hecho Filosofía y Letras.
.- Y qué mamá… hiciste lo que te gustaba y no te ha ido mal.
.- No, no me ha ido mal, pero no hice lo que me gustaba. Tú debes estudiar y ser más práctica que yo.
Carmen protestó, protestó y protestó, pero todo fue en vano, su madre no la dejó estudiar ballet. Sin embargo, en el colegio de Santa María del Naranco en el que estudiaba Carmen, se impartían unas clases especiales de gimnasia rítmica, no era ballet, como quería Carmen, pero en algo se asemejaba. Esto tampoco le gustaba a María que veía venir el problema, se llamara ballet o rítmica. Jaime, su marido, acabó convenciéndola de que aceptara la situación.
De aquella forma, Carmen empezó a hacer gimnasia, y, tanto progresó, tan bien se le daba y tanta afición tenía que su madre no se pudo negar a que se inscribiese en el Club Covadonga de Gijón, uno de los mayores especialistas en gimnasia rítmica de España.
Le encantaban los aros, la cuerda y las mazas; tenían peso, se podían agarrar, no requerían hacer un esfuerzo supremo para moverlos. Por el contrario, le costó dominar la cinta y la pelota; ambas necesitaban de una aparente ligereza de movimientos, pero, en el fondo, hacía falta una gran fuerza para lanzarlas o para que la cinta hiciese los dibujos precisos y no se arrastrase como una culebra moribunda por el suelo, y, todo esto, sin que la gimnasta reprodujera los movimientos de un camionero, sino los de una libélula. Carmen era muy directa y sincera de carácter, se le hacía difícil engañar. Las mazas se acercaban más a su forma de ser. La cinta, como la pelota, exigía una impostura que le resultaba más complicada de lograr. Sin embargo, con mucho trabajo y tenacidad llegó a dominarlas. Durante ocho años, todas las tardes y fines de semana, se desplazó, acompañada por sus padres, de Oviedo a Gijón para dedicarse con gran empeño a la gimnasia.
Una tarde de 2006, la preparadora llamó a los padres de Carmen. El grupo Covadonga iba a participar en un campeonato, a celebrar en Madrid, del cual saldría el equipo nacional que competiría en las olimpiadas de Pekín. María opuso toda la resistencia que pudo, le preocupaban los estudios de la niña y su alimentación. Sabía lo exagerados que eran los preparadores de gimnasia con el peso, y no quería eso para su hija. Al final, no tuvo más remedio que ceder. Carmen fue seleccionada para formar parte de la competición por equipos. Dos años concentrada en Madrid, entrenando ocho horas al día, controlando la comida, pasando hambre y estudiando a salto de mata. Sin fiestas, sin salidas con las amigas, sin ver la playina de Gijón que tanto le gustaba…
Dos años de grandes sacrificios…pero lo había logrado. Allí estaba, en lo más alto del podium, oyendo el himno nacional. El equipo español había logrado el Oro tanto en la competición obligatoria, de aros y cuerdas, como en la libre, con cintas y mazas. Dos medallas de oro que Carmen colocó en el cuello de su padre y su madre. Ambos, emocionados, no podían hablar. Carmen lo hizo por ellos: “Estoy muy feliz, he conseguido lo que quería, pero creo que tenéis razón, esto no puede ocupar toda una vida. Dejo la gimnasia”
Mercedes.
( Mi agradecimiento por haber mandado un texto tan lindo)
