
La noche se había cerrado en una oscuridad siniestra, solo rota por los fantasmagóricos destellos de los relámpagos. Era más de medianoche y la tormenta caía sobre la casa del lago como un Armagedón bíblico; el estridente retumbar de los truenos aturdía por momentos los sentidos, dejando al descubierto nuestra vulnerabilidad.
Solía aparecer pasadas las doce. La casa del lago era su morada y regresaba para convertir nuestra vida en una pequeña franquicia del Averno. Acurrucadas en una esquina del desván, Alicia y yo nos abrazamos llorando al oír el rechinar de la verja del jardín; los pasos torpes del monstruo chapoteaban en los charcos mientras un sonido gutural brotaba de aquella fétida garganta. La bestia partió de una coz la puerta de entrada y gritando empezó a subir las escaleras hacia nuestra escondite. Los vetustos peldaños de madera crujían a su paso como un preludio siniestro de la tragedia.
Nunca había visto a Alicia tan asustada, miré su carita de ángel y aquel terror reflejado en sus ojos me convenció por fin de la imperiosa necesidad de luchar por nuestra vida.
Cuando abrió la puerta del desván, Carlos empezó a desabrocharse los pantalones iniciando el mismo ritual de todas las noches que llegaba borracho del bar. Intentó pegarme como hacía siempre antes de acercarse a Alicia, pero esta vez me abalancé sobre él y le clavé en el cuello un enorme cuchillo de cocina que tenía escondido bajo
En silencio esperamos la llegada de la policía, y Alicia por primera vez en muchos meses se durmió tranquila en mis brazos. Nunca más desde aquella noche hemos regresado a la casa del terror.