Una isla donde cualquier pirata pueda traficar con sus ideas, comprar y vender opiniones, en definitiva un puerto franco para descansar de la navegación.
jueves, 23 de septiembre de 2010
EL BOLETAIRE.
lunes, 20 de septiembre de 2010
EL ENCARGO

Uds. se preguntarán como puede ser posible que haya llegado a esta situación; yo también. Quizás cada uno de nosotros no descubrimos nuestra misión en este mundo hasta que esta se nos revela por alguna extraña circunstancia, de forma sorpresiva, como un requerimiento súbito de la Agencia Tributaria. Les puedo asegurar que en ningún momento me había planteado la posibilidad de que mi existencia trascendiese a la cotidiana rutina. Nunca he sido una persona de imaginación desbordante; aprecio el orden y la meticulosidad. Estoy casado con una mujer que me ama, soy padre de dos hijos a los que adoro, y si me permiten la autocomplacencia, disponía de una vida organizada y sin excesivos deseos de cambiarla. Era en definitiva un hombre relativamente feliz.
Esta mañana al disponerme a utilizar el coche, una idea ha empezado a rondar mi pensamiento como la letra de una extraña y repetitiva letanía. Mis manos acariciaban el volante como se acaricia a una amante clandestina, recorriendo con las yemas de los dedos el cuero que lo envolvía con una pasión extrema. Arranqué el motor y escuche por unos instantes el suave ronroneo, giré por la primera esquina de la calle cambiando el trayecto habitual hacia el trabajo y dirigí el auto hacía una concurrida avenida del centro de la ciudad. Parecía como si el recorrido de mi viejo utilitario se hubiera sincronizado con los pasos de aquel niño que en ese instante se disponía a cruzar por el paso escolar. Aceleré. Créanme si les digo que fue un acto reflejo, producto de aquella voz que se repetía en mi mente al compás de la extraña melodía que no cesaba de canturrear. Escuché el golpe en el capó; me pareció observar por un segundo las caras de horror de algunos viandantes, y por el retrovisor la imagen ensangrentada del chico en el asfalto.
Intenté acercarme rápidamente con el vehículo hacia el almacén donde trabajo y aparqué en la puerta. Subí las escaleras de forma pausada, como cada mañana, mientras saludaba a uno de los mozos que acarreaba unas cajas con una carretilla. Me senté en la mesa de mi despacho y como hago habitualmente me dispuse a tomar el primer café.
Hace años que ya no nos vestimos con túnicas medievales, ni utilizamos aquella farragosa guadaña. Las muertes, en sus múltiples formas, adoptamos la personalidad que nos es más propicia para nuestro fin. Una ingrata tarea, cierto, pero necesaria. Alguien ha de verificar la inexorable caducidad de nuestras existencias. Siempre es lamentable tener que ir a buscar una vida incipiente como la de este niño, pero cuando llega la orden, se activa nuestra naturaleza y la ejecutamos, como un mecanismo de precisión consuma todos los movimientos de forma automática. No hay vuelta atrás.
Pienso en mi familia; no lo hubieran entendido. Por ello tuve que matarles antes de salir de casa. No quería condenarles a una existencia de remordimientos y vergüenza. Solo yo debo ser responsable de mi trabajo y de las consecuencias desagradables que estas obligaciones conllevan; antes como contable, ahora como encomendado del ser supremo. Oigo las sirenas de policía, no tardarán más de unos minutos en llegar. Debo apresurarme con el café. Parece que por fin han cesado las voces.
martes, 8 de junio de 2010
LA CULPA ES NUESTRA.
Andamos todos buscando culpables a la crisis económica, financiera y social que nos asola. El Presidente del Gobierno después de hartarse a gritar a los cuatro vientos que España no estaba en recesión, se propuso crear un clima de optimismo con el fin de que este contagiara a la sociedad y ello nos sacara del pozo ( un ejemplo más del pensamiento Alicia de nuestro presidente). La oposición (obviamente por motivos de conveniencia electoral) carga sus tintas contra el gobierno Zapatero, y haciendo gala de una irresponsabilidad de adolescente gamberro, vota en contra de las (únicas) medidas que toma el gobierno para intentar dar un golpe de timón a su desastrosa gestión de los últimos tres años.
A todo esto le podemos sumar la poca predisposición del sector financiero para asumir su responsabilidad, la nula capacidad de los sindicatos y organizaciones empresariales para entender que la situación en la que nos encontramos no es una mala coyuntura económica, sino el fin de un ciclo y el principio de un tiempo en el que los ciudadanos tendremos que acostumbrarnos a ser mucho más pobres.Tampoco los ciudadanos podemos eximirnos de nuestros pecados, y estos son los más graves; hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, nos hemos endeudado más allá de lo que razonablemente debíamos, nos convertimos durante los años de la burbuja inmobiliaria en “yonquis” del dinero fácil suministrado por los “camellos” bancarios, y lo que es peor, dimos nuestra confianza en quienes no lo merecían.
Una de las cuestiones formales básicas de la democracia para los liberales del siglo XVIII y XIX era la determinación para elegir a las personas competentes para tomar decisiones en nombre del pueblo. Alexis de Tocqueville consideró que la intervención en la esfera pública de los ciudadanos generaría una dinámica positiva que se retroalimentaría orientando los objetivos hacía el interés común y la mejora de las capacidades de las personas, y esta mejora en las capacidades de los ciudadanos estimularía la participación de los individuos orientando sus objetivos hacia el bien común, y así sucesivamente…
¡ Grave error el de Tocqueville al no prever que la política acabaría convirtiéndose en una profesión, a la que dedicarían con el tiempo sus esfuerzos los menos dotados para la empresa privada! No todos, claro está, pero si que en los últimos años se ha ido formando una “casta” de intocables que residen de forma permanente en las sedes de los principales partidos. Individuos e (individuas) que sin la más mínima experiencia en gestión, pasan de la universidad (en el mejor de los casos) a gestionar el presupuesto de una concejalía o alcaldía de decenas de millones de euros anuales. Cuando este tsunami funesto ha llegado a las más altas instancias de los partidos, nos encontramos en la triste situación actual.
Es nuestra culpa, sí. Nosotros y solo nosotros, los ciudadanos, somos los responsables del desaguisado. Nos privamos en el año 2004 de tener una confrontación entre dos monstruos de la política como eran Rato y Solana, y optamos por otros dos “monstruitos” como Zapatero y Rajoy, máximos exponentes de esa casta de pseudofuncionarios de la política, numerarios de los partidos residentes en Ferraz y Génova, y ahora pagamos las consecuencias. Les hemos dado a los partidos el timón de nuestras vidas, y ahora son adolescentes con canas quienes deciden nuestro futuro. Ahora llega el tiempo del llorar y rechinar de dientes y de entonar el "mea culpa".
